Sichon siempre tuvo mucho miedo de aquel monstruo que lo amenazaba. No conocía su nombre ni porque lo amenazaba, pero el monstruo siempre estaba al acecho, o quizás era el propio Sichon el que siempre estaba pensando en él. Sichon sabía que, antes o después tendría que enfrentarse al monstruo. Quería que aquel ser maligno supiese lo fuerte e importante que era él y dejara de una vez por todas de amenazarlo. Pero Sichon también imaginaba que el monstruo era en realidad más fuerte que él y temía que si lo desafiaba, este acabaría matándolo y comiéndoselo. Pero eso es cosa del pasado, porque a Sichon dejó de importarle que el monstruo pudiera matarlo. Le daba igual si lo mataba porque cierto día entendió de que manera podría él vencer al monstruo. Alguien dijo a Sichon que el monstruo era muy parecido a él. Tan parecido que era prácticamente igual a él.
- No es igual que yo. El es más grande, tiene garras y unos dientes grandes y afilados- respondió Sichón
- Si te fijas en esas cosas no estás viéndolo realmente. Tienes que mirarle el rostro y entonces te darás cuenta que es igual que tú.
Sichón miró el rostro del monstruo y se reconoció a sí mismo. Él siempre ponía el mismo gesto amenazante cuando descubría a alguien tratando de robar naranjas en su huerto.
Entonces Sichon lo comprendió todo y le ofreció unas deliciosas naranjas al monstruo. El monstruo cambió la expresión de su rostro y Sichon dejó de tenerle miedo para siempre desde aquel momento.
